Brad Smith, vicepresidente y presidente de Microsoft
En 1838, la invención de la cámara dio lugar a predicciones que decían que la fotografía dejaría atrás a los artistas. Cuando el reconocido pintor francés Paul Delaroche vio por primera vez una de las primeras fotografías sobre una placa metálica, declaró: «¡A partir de hoy, la pintura ha muerto!». En su razonamiento, ¿por qué alguien iba a pagar a un artista para pintar lenta y laboriosamente una escena cuando una cámara podía hacerlo con mayor precisión, más rapidez y a un coste menor?
Esta pregunta ha acompañado a los grandes cambios tecnológicos y ha reaparecido con fuerza en las últimas semanas, coincidiendo con las graduaciones universitarias en distintos campus de Estados Unidos. El tema ahora, evidentemente, no es la fotografía, sino el impacto social de la inteligencia artificial. Y cuando los graduados abuchearon la mención a la IA durante los discursos de graduación, ofrecieron un potente recordatorio de varias verdades importantes. Para empezar, las personas querrán tener voz a la hora de decidir cuándo y cómo se utiliza la IA.
El mensaje de los estudiantes a los líderes tecnológicos
Las reacciones de los graduados de este año son una clara llamada de atención para el sector tecnológico. Es de esperar que los líderes de la industria escuchen y traten de aprender de esta reacción. Durante el último medio siglo, la generación más joven de personas y trabajadores ha liderado la adopción de nuevas tecnologías digitales. Un nuevo estudio de Microsoft muestra que esta tendencia se mantiene con la IA. En Estados Unidos, las zonas con grandes campus universitarios y una elevada población de jóvenes de entre 18 y 24 años registran las mayores tasas de adopción de inteligencia artificial. Cuando quienes utilizan una nueva tecnología comienzan a cuestionarla, más nos vale prestar atención.
No es de extrañar que los campus universitarios sean uno de los mejores lugares para conocer de primera mano estas nuevas perspectivas. Durante el fin de semana del Memorial Day en la Universidad de Princeton, no faltaron los debates e incluso los ejemplos de movilización estudiantil. Los estudiantes que se gradúan llevan desde hace tiempo las llamadas “beer jackets” para las celebraciones, y cada promoción elige su propio diseño. Sin embargo, el año pasado surgió una pequeña controversia cuando los representantes de la promoción, tras responder a una petición de estudiantes, rechazaron un diseño popular porque había sido creado con la ayuda de la IA. En su lugar, los graduados llevaron chaquetas con las etiquetas “100 por cien algodón” y “100 por cien humano”.
El rechazo a las fibras artificiales y a la inteligencia artificial pone de relieve cómo las preferencias humanas influyen en las dinámicas del mercado, incluso a medida que avanzan la eficiencia y la productividad.
Las máquinas no compran productos. Las personas sí.
Los estudiantes y recién graduados reconocen los beneficios de la IA. Pero quieren mantenerla en el lugar adecuado. Creen, con razón, en el papel indispensable de la capacidad de decisión humana. Quieren que el futuro lo determinen las personas, decidiendo el papel de las máquinas, no que éstas decidan el papel de las personas. Y quieren que estas decisiones recojan la opinión de una comunidad amplia, especialmente de la próxima generación de trabajadores, y no solo de un grupo reducido de élites.
Los recién graduados están lanzando también otro mensaje claro: el sueño americano siempre ha significado mucho más que un mejor empleo y mayores oportunidades económicas, aunque estas hayan sido su base. El sueño americano se basa en la dignidad del trabajo y en el papel clave que tiene para dar sentido a la vida. Los grandes países se construyen sobre grandes economías y buenos empleos.
A quienes, en el sector tecnológico, parecen querer avanzar hacia un futuro en el que los ordenadores sustituyan puestos de trabajo y la IA sea más capaz que las personas, las nuevas generaciones les han dado una respuesta clara: “no tan rápido”.
La ambición de las personas
La buena noticia es que la ambición humana es imparable. Han pasado casi 300 años desde el inicio de la primera revolución industrial, y la tecnología ha cambiado muchas veces. Pero hoy hay más creatividad humana en acción que nunca.
Una visita a un museo de arte demuestra que esto también es cierto en el caso del impacto de la cámara en la pintura. La invención de la cámara provocó inicialmente un declive de la pintura de retratos. Pero incluso eso terminó recuperándose.
Más interesante aún es cómo la fotografía, con su precisión, impulsó nuevas formas de expresión artística. A partir de la década de 1870, el “ojo artificial” de la fotografía llevó a una nueva generación de artistas a centrarse más en la emoción que en el detalle. Los impresionistas captaron los efectos de la luz, el color y la atmósfera de formas que una cámara no podía reproducir.
Después surgieron nuevos movimientos —postimpresionismo, fauvismo, cubismo y surrealismo— que continúan hasta hoy, ampliando lo que significa ser artista. Al final, pocas cosas son tan resilientes como la creatividad humana.
En 1986, exigí tener un ordenador en mi despacho antes de aceptar un puesto en un prestigioso bufete de abogados en Washington D. C. Durante la mayor parte de los últimos 40 años, he formado parte del sector tecnológico: primero como abogado externo, después como jurista en Microsoft y, desde 2001, en puestos de liderazgo en la compañía. Durante mucho tiempo he sido una especie de “representante de las humanidades” entre un grupo de extraordinarios científicos informáticos e ingenieros.
Al seguir de cerca a los tecnólogos de nuestra industria, a menudo me ha impresionado su visión, su agilidad intelectual y su talento técnico. Pero también he visto a muchas personas brillantes cometer dos errores de forma recurrente. En primer lugar, suelen sobreestimar la llegada de nuevas tecnologías, especialmente la velocidad de su impacto. Y, aún más importante, subestiman las capacidades de las personas.
La capacidad humana no es ni fija ni limitada. Cada descubrimiento sienta una base más sólida que nos permite llegar más lejos y aspirar a más. Así ha sido durante milenios. Hubo un momento en que se descubrió que un caballo podía correr más rápido que un ser humano, y fue entonces cuando aprendimos a montar.
Motivos reales de preocupación
Nada de esto pretende restar importancia a la inquietud de los graduados de hoy. Tienen razón al plantear sus dudas y hacer preguntas difíciles, también sobre la IA y el impacto que tiene en su futuro. Se enfrentan a varios factores en contra al incorporarse al mercado laboral. Entre ellos, la automatización mediante IA de tareas en puestos de nivel inicial y, especialmente en el sector tecnológico, la presión de las empresas para reducir plantillas y así asumir las enormes inversiones de capital que exige la IA. A esto se suman otros elementos, como la incertidumbre geopolítica, las tensiones comerciales y el ajuste tras el exceso de contrataciones de los primeros años de la década. Como en una tormenta perfecta, los vientos soplan desde varias direcciones.
Los graduados de hoy han pasado por mucho. Gran parte de sus años de instituto transcurrieron en plena pandemia, estudiando y relacionándose desde casa a través de una pantalla. Son nativos digitales, con todo lo bueno y lo malo que han traído las redes sociales, los dispositivos móviles omnipresentes y otras tecnologías. Ahora llega la IA, y temen que los empleos empiecen a desaparecer.
Entonces, ¿qué debería hacer la próxima generación —y, en realidad, todos nosotros— ante la IA?
La IA en contexto
En primer lugar, debemos situar la IA en su contexto. Nadie tiene una bola de cristal para prever el futuro, pero todos podemos aprender del pasado. La IA es la última de una serie de tecnologías que transformarán la economía y la sociedad. Se ha convertido en la siguiente “tecnología de propósito general”, un término que los economistas utilizan para referirse a tecnologías que, como la electricidad, se aplican a toda la economía.
Algunas de estas tecnologías, como la siderurgia, la maquinaria industrial y la computación digital han transformado profundamente, no solo las categorías de empleo, sino también el equilibrio de poder económico entre países. Es probable que la IA sea una de las tecnologías de propósito general más importantes del próximo cuarto de siglo. Y, como ha ocurrido con otras de este tipo, desplazará algunos empleos, al tiempo que creará otros y cambiará muchas de las formas en que trabajamos actualmente.
Pero la adopción de una tecnología en la economía y a escala global lleva tiempo. Hay quienes observan el potencial de la IA y predicen una adopción masiva en apenas unos años. Es posible que esta vez sea diferente, pero el mundo nunca ha visto antes una adopción tecnológica a ese ritmo. Y la razón no está en la tecnología, sino en las personas. Como han señalado los profesores Arvind Narayanan y Sayash Kapoor, «la difusión está limitada por la velocidad del cambio humano, organizativo e institucional».
En perspectiva histórica, que la IA se despliegue de forma generalizada a lo largo del próximo cuarto de siglo ya sería algo notable. Ese ritmo de cambio parece reflejarse también en los datos más recientes de Microsoft. Nuestro último informe sobre la adopción de la IA estima que el 17,8 % de la población en edad de trabajar en todo el mundo utiliza actualmente inteligencia artificial generativa. En Estados Unidos, la tasa es superior a la media global, pero aun así se sitúa en el 31,3 %. Y, como ha demostrado el profesor Narayanan, el impacto de una nueva tecnología en una gran parte del trabajo suele ir muy por detrás de este tipo de tasas iniciales de uso.
Como aconsejaba hace dos generaciones el legendario entrenador de baloncesto de UCLA, John Wooden, que llevó a sus equipos a ganar diez campeonatos nacionales, debemos “ser rápidos, pero no precipitarnos”. Es decir, actuar con rapidez y determinación, con preparación y propósito. Pero no es necesario —ni conveniente— apresurarse de forma que se cometan errores o cunda el pánico.
La clave está en reflexionar bien las cosas. Una buena forma de empezar es considerar algunas de las ideas que ya están surgiendo: para cada uno de nosotros como individuos, para las empresas y organizaciones, y para la sociedad en su conjunto.
Las implicaciones para las personas
En los tres años y medio transcurridos desde el lanzamiento de ChatGPT, una primera conclusión resulta tan evidente como relevante: la IA suele ofrecer sus mejores resultados cuando se utiliza para reforzar las capacidades y actividades humanas ya existentes. En pocas palabras, permite a las personas mejorar.
Lo veo cada día en el trabajo del laboratorio AI for Good de Microsoft, que colabora con ONG y gobiernos de todo el mundo. En California, los bomberos utilizan la IA para detectar incendios forestales con mayor rapidez. Profesionales del ámbito jurídico en África la emplean para ofrecer asesoramiento a mujeres que no tienen acceso a un abogado. En Ucrania, equipos especializados recurren a la IA para identificar y retirar minas terrestres que ponen en riesgo a la población civil. Y conservacionistas de todo el mundo la utilizan para ayudar a los agricultores a desarrollar prácticas agrícolas más productivas y sostenibles.
Hay un patrón claro en estos ejemplos. Se actúa con ambición. Se utiliza la IA no para sustituir el conocimiento experto, sino para darle mayor impacto. Se pone el conocimiento, la pasión y el propósito al servicio de la resolución de problemas que realmente importan.
Mis colegas Ryan Roslansky y Aneesh Raman han centrado su trabajo en estas cuestiones en los últimos años, a partir de su larga trayectoria en LinkedIn. Recientemente han publicado un libro sobre el tema, Open to Work: How to Get Ahead in the Age of AI. En mi opinión, es el primer libro que combina una visión sobre hacia dónde va la IA con consejos prácticos para las personas.
Cuanto más he reflexionado sobre ello, más claro veo que dos de sus ideas son especialmente relevantes. La primera es que cada uno de nosotros, en el mercado laboral actual, debería pensar en su trabajo no como un puesto, sino como un conjunto de tareas. Su recomendación es hacer una lista de esas tareas y dividirlas en tres grupos: las que puede hacer la IA; las que se pueden hacer con ayuda de la IA; y las que deben seguir haciendo las personas por sí solas.
Si casi todo está en el primer grupo, conviene plantearse cambiar de tipo de trabajo. Pero, para la mayoría, la mayor parte de las tareas se sitúa en el segundo grupo. Es decir, si la IA puede encargarse de las tareas del primer grupo, podemos centrar nuestra atención en el segundo y el tercero, y pensar cómo utilizarla como una herramienta para ser más productivos y generar mayor impacto.
Hay una segunda idea en el libro que es aún más importante. En la era de la IA, existen quizá más oportunidades que nunca para diferenciarnos a partir de habilidades humanas que son únicas. Ryan y Aneesh señalan cinco, todas ellas con la letra C en inglés: curiosidad, creatividad, compasión, comunicación y coraje. Incluso cuando la IA automatiza múltiples tareas, las personas deben seguir supervisando su trabajo. Esto hace necesario un mayor nivel de observación y criterio humano. En definitiva, el juicio humano sigue siendo esencial.
Todo esto conecta con una de las preguntas que escucho con más frecuencia por parte de estudiantes y sus padres: ¿qué deberían estudiar para prepararse para el futuro? Llámenme tradicional, pero creo que cada uno debería seguir sus propias pasiones. Desarrollar experiencia en un campo relevante que le resulte fascinante. Y seguir trabajando para dominarlo. Al mismo tiempo, es importante adquirir soltura en el uso de la IA, para poder aplicarla y potenciar ese conocimiento como nunca antes había sido posible. Esto no significa que el futuro vaya a ser fácil. Rara vez lo es. Pero es una fórmula que seguirá ayudando a prepararse para tener éxito.
El impacto en las empresas y las organizaciones
Estas ideas se aplican tanto a las organizaciones como a las personas. Al fin y al cabo, las empresas deben prosperar para que también lo hagan sus empleados. Y las compañías de éxito, al igual que los profesionales, se basan en una experiencia distintiva y, a menudo, profunda: sobre productos, procesos de negocio, dinámicas operativas y un conocimiento sólido de los clientes. La IA no debería sustituir esta base, sino reforzarla y ampliarla.
Esto encaja con la evolución de la propia tecnología. Las organizaciones pueden ir más allá de los asistentes basados en chat y avanzar hacia redes de agentes de IA que ayuden a los empleados a razonar, tomar decisiones y gestionar flujos de trabajo a través de sus datos y sistemas.
Las organizaciones pueden implantar sus propios sistemas de IA, aprovechando la potencia de múltiples modelos y accediendo a su propio conocimiento empresarial. También pueden reforzar el rendimiento de estos sistemas mediante herramientas de IA que permiten evaluarlos y mejorarlos de forma continua con pequeños ajustes. Como al subir una colina, cada organización puede gestionar un sistema de IA que avance progresivamente hacia mejores resultados y un mayor rendimiento. En lugar de limitarse a utilizar modelos de IA de última generación, las organizaciones pueden construir su propia “máquina de mejora continua” y participar de forma más activa, y en sus propios términos, en el ecosistema de la IA.
Con este enfoque, las organizaciones pueden utilizar la IA para potenciar el aprendizaje, en lugar de sustituirlo. Los líderes pueden emplearla para reforzar las capacidades dentro de sus organizaciones, asegurando que la experiencia y el criterio humanos sigan siendo elementos clave de diferenciación competitiva.
Esto apunta a una necesidad tan antigua como vigente. Los líderes empresariales y los emprendedores deben aprovechar las últimas tecnologías sin dejar de proteger su conocimiento y su propiedad intelectual, ya sea mediante patentes, derechos de autor o información confidencial. La IA añade aquí una nueva dimensión. Los beneficios que puede aportar a una empresa serán efímeros si su conocimiento y experiencia propios se utilizan para alimentar y entrenar modelos de IA de terceros.
Esto ayuda a entender por qué cada compañía necesita desarrollar sus propias capacidades internas de IA y mantener el control sobre sus datos.
Esto se perfila como una cuestión crítica no solo para las organizaciones, sino también para los jóvenes recién graduados, nuestras economías e incluso los países. La mejor forma de impulsar un incremento amplio de la economía y el empleo es garantizar que todos los sectores puedan aprovechar el potencial de la IA, sin renunciar a su conocimiento diferencial. La soberanía debe preservarse, no solo para los países, sino también para las empresas. Y la privacidad debe protegerse, no solo para las personas, sino también para las organizaciones.
Una conversación pública más amplia
Tanto para las personas como para las organizaciones, la clave está en aprovechar los beneficios de la IA sin perder de vista los valores humanos y las necesidades económicas. Dada la magnitud de la transformación que plantea la IA, será necesario impulsar iniciativas innovadoras y de colaboración que acerquen a los sectores público y privado, para ayudar a preparar a las personas para tener éxito en la era de la IA.
Esto debe empezar por un reconocimiento claro: las transformaciones tecnológicas, económicas y sociales de las últimas tres décadas han dejado atrás a demasiadas personas. Si queremos hacerlo mejor a partir de ahora, tendremos que probar enfoques distintos, basados en una mayor corresponsabilidad.
Incluso en un momento de fragmentación del debate público, será fundamental encontrar más formas de reunir a más personas para desarrollar soluciones comunes. Esto exige un enfoque inclusivo, con una amplia diversidad de perspectivas. Debemos dar cabida no solo a las empresas tecnológicas, los empleadores y los gobiernos, sino también a las organizaciones sin ánimo de lucro, estudiantes, las religiones del mundo, los líderes sindicales y los propios trabajadores.
Como dijo recientemente Liz Shuler, presidenta de la AFL-CIO: «¿Quién mejor que quienes trabajan para vivir entiende cómo funcionan los lugares de trabajo y cómo se realiza el trabajo?»
Nuestro papel en Microsoft
Como compañía, estamos comprometidos a desempeñar un papel activo y constructivo para abordar estas cuestiones. Aportamos no solo nuevas tecnologías y formas de trabajar, sino también una perspectiva basada en la experiencia. Durante más de 50 años, Microsoft ha ayudado a trabajadores y organizaciones a adaptarse a los cambios tecnológicos, ya sea en oficinas, laboratorios, aulas o fábricas. Nuestra misión ha sido crear productos que permitan a las personas y a las organizaciones lograr más. Y después, ayudarles a sacarles el máximo partido.
Nuestra experiencia nos aporta determinación e incluso una dosis de optimismo. Recordamos cuando se temía que el procesamiento de textos acabaría con los empleos de quienes se dedicaban a escribir a máquina. Pero lo que vino después —el trabajo del conocimiento y nuevas industrias enteras en torno a la informática— transformó lo que entendemos por “trabajo”.
Cuando las hojas de cálculo automatizaron los cálculos, no dejamos de hacer matemáticas; empezamos a desarrollar modelos financieros más sofisticados. Cuando el correo electrónico hizo que la comunicación fuera instantánea, no escribimos menos; nos comunicamos con más frecuencia y con más personas. Cuando la tecnología aumenta la oferta, la ambición humana suele generar más demanda. Como seres humanos, no nos estancamos: avanzamos.
Esto no es solo una reflexión teórica. Es nuestro modelo de negocio. Los trabajadores han sido el motor de Microsoft desde el principio. Si las personas en todo el mundo no tienen empleo, nosotros tampoco lo tenemos. Y si no estamos haciendo nuestra parte para ayudar a que la gente utilice la tecnología para acceder a mejores trabajos, entonces no estamos cumpliendo con aquello para lo que nacimos.
Escuchar el mensaje de la próxima generación
Este contexto da forma a nuestra reacción ante las recientes ceremonias de graduación. Cuando los estudiantes que se gradúan hacen gestos de desaprobación o incluso abuchean las referencias a la IA, nos están diciendo lo que necesitamos oír: que ha llegado el momento, una vez más, de elevar el listón. Este ha sido un mensaje recurrente de los estudiantes durante décadas. La clave siempre está en canalizar la incertidumbre en pasos con propósito que permitan construir un futuro mejor. En el conjunto del sector tecnológico, así como en las empresas, las organizaciones sin ánimo de lucro y las administraciones públicas, podemos hacerlo.
Añadiría un segundo mensaje para los graduados de hoy: estáis en una posición única para generar un impacto positivo. Habéis vivido momentos difíciles. Puede que el mercado laboral resulte incierto e incluso injusto, pero estáis preparados para este momento. La tecnología forma parte natural de vuestra vida. El cambio constante os ha enseñado a adaptaros con rapidez. A medida que la IA transforma la forma en que trabajamos, no tenéis que desaprender décadas de hábitos como ocurre con algunos de nosotros. Estáis mejor preparados para avanzar.
La tecnología cambiará, pero podéis manteneros firmes y alzar la voz en defensa de valores que no cambian: la capacidad de decisión, la ambición, la dignidad. Todo ello, realizado a través del trabajo y de una tecnología que da sentido a lo que hacemos.
Haced todo lo que esté en vuestra mano para promover estos valores.